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Breve Biografía y selección de poemas de Alfonsina
Storni;

Biografía de Alfonsina Storni (22 de
Mayo de 1880 - 25 de Octubre de 1938)
La familia Storni -el padre de Alfonsina y varios hermanos mayores- llegó a la provincia
de San Juan desde Lugano, Suiza, en 1880. Fundaron una pequeña empresa familiar, y años después, las botellas de cerveza etiquetadas
«Cerveza Los Alpes, de Storni y Cía», circulan por toda la región. Los padres de Alfonsina viajaron a Suiza en el año 1891,
junto con sus dos pequeños hijos. En 1892, el 29 de mayo, nació en Sala Capriasca Alfonsina, la tercera hija del matrimonio
Storni. Llevó el nombre del padre, de un padre melancólico y raro. Más tarde le diría a su amigo Fermín Estrella Gutiérrez:
«me llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo».
Alfonsina aprendió a hablar en italiano, y en 1896 vuelven
a San Juan, de donde son sus primeros recuerdos. «Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla
y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del
ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar
detrás de la puerta». En 1901, la familia se trasladó nuevamente, esta vez a la ciudad de Rosario, un próspero puerto del
litoral.
Paulina, la madre, abrió una pequeña escuela domiciliaria, y pasa a ser la cabeza de una familia numerosa,
pobre y sin timón. Instalaron el «Café Suizo», cerca de la estación de tren, pero el proyecto fracasó. Alfonsina lavaba platos
y atendía las mesas, a los diez años. Las mujeres comenzaron a trabajar de costureras. Alfonsina decide emplearse como obrera
en una fábrica de gorras. En 1907 llega a Rosario la compañía de Manuel Cordero, un director de teatro que recorría las provincias.
Alfonsina reemplaza a una actriz que se enferma. Esto la decide a proponerle a su madre que le permita convertirse en actriz
y viajar con la compañía. Recorre Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán. Después dirá que representó Espectros,
de Ibsen, La loca de la casa, de Pérez Galdós, y Los muertos, de Florencio Sánchez.
En sus cartas al filólogo español
don Julio Cejador Alfonsina resume algunos momentos de su vida. Refiriéndose a esta época, le dirá: «A los trece años estaba
en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial,
pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico (…). Pero casi una niña y pareciendo
ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos…». Luego, en un reportaje de
la revista El Hogar, contará que al regresar escribió su primera obra de teatro, Un corazón valiente, de la que no han quedado
testimonios.
Cuando volvió a Rosario se encuentra con que su madre se ha casado y vive en Bustinza. La poeta decide
estudiar la carrera de maestra rural en Coronda, y allí recibe su título profesional. Gana un lugar sobresaliente en la comunidad
escolar, consigue un puesto de maestra y se vincula a dos revistas literarias, Mundo Rosarino y Monos y Monadas. Allí aparecen
sus poemas durante todo ese año, y si bien no hay testimonio de ellos, sí sabemos de otros publicados al año siguiente en
Mundo Argentino, y que tienen resonancias hispánicas.
Poeta en Buenos Aires
Al terminar el año de 1911, decide
trasladarse a Buenos Aires. «En su maleta traía pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus versos». Así, con nostalgia,
evoca su hijo Alejandro la llegada. Pobre equipaje para enfrentarse con una ciudad que estaba abierta al mundo, con las expectativas
puestas en esa inmigración que traería nuevas manos para producir y nuevas formas de convivencia. El nacimiento de su hijo
Alejandro, el 21 de abril de 1912, define en su vida una actitud de mujer que se enfrenta sola a sus decisiones. Trabaja como
cajera en la tienda «A la ciudad de México», en Florida y Sarmiento. También en la revista Caras y Caretas.
Su primer
libro, La inquietud del rosal, publicado con grandes dificultades económicas, apareció en 1916. En un homenaje al novelista
Manuel Gálvez, por primera vez en Buenos Aires, en esta clase de reuniones, aparece Alfonsina recitando con aplomo sus propios
versos. En junio de 1916, aparece en Mundo Argentino un poema titulado «Versos otoñales». Aunque los versos son apenas aceptables,
sorprende su capacidad de mirarse por dentro, que por entonces no era común en los poetas de su generación.
Al mirar
mis mejillas, que ayer estaban rojas He sentido el otoño; sus achaques de viejo Me han llenado de miedo; me ha contado
el espejo Que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas.
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Breve Selección de Poemas;
TU ME QUIERES BLANCA
Tú me quieres alba, Me quieres de
espumas, Me quieres de nácar. Que sea azucena Sobre todas, casta. De perfume tenue. Corola cerrada
Ni
un rayo de luna Filtrado me haya. Ni una margarita Se diga mi hermana. Tú me quieres nívea, Tú me quieres blanca, Tú
me quieres alba.
Tú que hubiste todas Las copas a mano, De frutos y mieles Los labios morados. Tú que en
el banquete Cubierto de pámpanos Dejaste las carnes Festejando a Baco. Tú que en los jardines Negros del Engaño Vestido
de rojo Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto Conservas intacto No sé todavía Por cuáles milagros, Me
pretendes blanca (Dios te lo perdone), Me pretendes casta (Dios te lo perdone), ¡Me pretendes alba!
Huye
hacia los bosques, Vete a la montaña; Límpiate la boca; Vive en las cabañas; Toca con las manos La tierra mojada; Alimenta
el cuerpo Con raíz amarga; Bebe de las rocas; Duerme sobre escarcha; Renueva tejidos Con salitre y agua; Habla
con los pájaros Y lévate al alba. Y cuando las carnes Te sean tornadas, Y cuando hayas puesto En ellas el alma Que
por las alcobas Se quedó enredada, Entonces, buen hombre, Preténdeme blanca, Preténdeme nívea, Preténdeme casta.
S A B
A D O
Me levanté temprano y anduve descalza Por los corredores: bajé a los jardines Y besé las
plantas Absorbí los vahos limpios de la tierra, Tirada en la grama; Me bañé en la fuente que verdes achiras Circundan.
Más tarde, mojados de agua Peiné mis cabellos. Perfumé las manos Con zumo oloroso de diamelas. Garzas Quisquillosas,
finas, De mi falda hurtaron doradas migajas. Luego puse traje de clarín más leve Que la misma gasa. De un salto
ligero llevé hasta el vestíbulo Mi sillón de paja. Fijos en la verja mis ojos quedaron, Fijos en la verja. El
reloj me dijo: diez de la mañana. Adentro un sonido de loza y cristales: Comedor en sombra; manos que aprestaban Manteles. Afuera,
sol como no he visto Sobre el mármol blanco de la escalinata. Fijos en la verja siguieron mis ojos, Fijos. Te esperaba.
ALMA DESNUDA
Soy
un alma desnuda en estos versos, Alma desnuda que angustiada y sola Va dejando sus pétalos dispersos.
Alma que
puede ser una amapola, Que puede ser un lirio, una violeta, Un peñasco, una selva y una ola.
Alma que como el
viento vaga inquieta Y ruge cuando está sobre los mares, Y duerme dulcemente en una grieta.
Alma que adora sobre
sus altares, Dioses que no se bajan a cegarla; Alma que no conoce valladares.
Alma que fuera fácil dominarla Con
sólo un corazón que se partiera Para en su sangre cálida regarla.
Alma que cuando está en la primavera Dice al
invierno que demora: vuelve, Caiga tu nieve sobre la pradera.
Alma que cuando nieva se disuelve En tristezas,
clamando por las rosas Con que la primavera nos envuelve.
Alma que a ratos suelta mariposas A campo abierto,
sin fijar distancia, Y les dice libad sobre las cosas.
Alma que ha de morir de una fragancia, De un suspiro,
de un verso en que se ruega, Sin perder, a poderlo, su elegancia.
Alma que nada sabe y todo niega Y negando lo
bueno el bien propicia Porque es negando como más se entrega,
Alma que suele haber como delicia Palpar las almas,
despreciar la huella, Y sentir en la mano una caricia.
Alma que siempre disconforme de ella, Como los vientos
vaga, corre y gira; Alma que sangra y sin cesar delira Por ser el buque en marcha de la estrella.
DATE A VOLAR
Anda,
date a volar, hazte una abeja, En el jardín florecen amapolas, Y el néctar fino colma las corolas; Mañana el alma
tuya estará vieja.
Anda, suelta a volar, hazte paloma, Recorre el bosque y picotea granos, Come migajas en distintas
manos La pulpa muerde de fragante poma.
Anda, date a volar, sé golondrina, Busca la playa de los soles de oro, Gusta
la primavera y su tesoro, La primavera es única y divina.
Mueres de sed: no he de oprimirte tanto... Anda, camina
por el mundo, sabe; Dispuesta sobre el mar está tu nave: Date a bogar hacia el mejor encanto.
Corre, camina más,
es poco aquéllo... Aún quedan cosas que tu mano anhela, Corre, camina, gira, sube y vuela: Gústalo todo porque todo
es bello.
Echa a volar... mi amor no te detiene, ¡Cómo te entiendo, Bien, cómo te entiendo! Llore mi vida...
el corazón se apene... Date a volar, Amor, yo te comprendo.
Callada el alma... el corazón partido, Suelto tus
alas... ve... pero te espero. ¿Cómo traerás el corazón, viajero? Tendré piedad de un corazón vencido.
Para que
tanta sed bebiendo cures Hay numerosas sendas para tí... Pero se hace la noche; no te apures... Todas traen a mí...
UN SOL
Mi corazón
es como un dios sin lengua, Mudo se está a la espera del milagro, He amado mucho, todo amor fue magro, Que todo amor
lo conocí con mengua.
He amado hasta llorar, hasta morirme. Amé hasta odiar, amé hasta la locura, Pero yo espero
algún amor natura Capaz de renovarme y redimirme.
Amor que fructifique mi desierto Y me haga brotar ramas sensitivas, Soy
una selva de raíces vivas, Sólo el follaje suele estarse muerto.
¿En dónde está quien mi deseo alienta? ¿Me empobreció
a sus ojos el ramaje? Vulgar estorbo, pálido follaje Distinto al tronco fiel que lo alimenta.
¿En dónde está
el espíritu sombrío De cuya opacidad brote la llama? Ah, si mis mundos con su amor inflama Yo seré incontenible como
un río.
¿En dónde está el que con su amor me envuelva? Ha de traer su gran verdad sabida... Hielo y más hielo
recogí en la vida: Yo necesito un sol que me disuelva.
FRENTE AL MAR
Oh mar, enorme mar, corazón fiero De ritmo desigual,
corazón malo, Yo soy más blanda que ese pobre palo Que se pudre en tus ondas prisionero.
Oh mar, dame tu cólera
tremenda, Yo me pasé la vida perdonando, Porque entendía, mar, yo me fui dando: "Piedad, piedad para el que más ofenda".
Vulgaridad,
vulgaridad me acosa. Ah, me han comprado la ciudad y el hombre. Hazme tener tu cólera sin nombre: Ya me fatiga esta
misión de rosa.
¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena, Me falta el aire y donde falta quedo, Quisiera no entender,
pero no puedo: Es la vulgaridad que me envenena.
Me empobrecí porque entender abruma, Me empobrecí porque entender
sofoca, ¡Bendecida la fuerza de la roca! Yo tengo el corazón como la espuma.
Mar, yo soñaba ser como tú eres, Allá
en las tardes que la vida mía Bajo las horas cálidas se abría... Ah, yo soñaba ser como tú eres.
Mírame aquí,
pequeña, miserable, Todo dolor me vence, todo sueño; Mar, dame, dame el inefable empeño De tornarme soberbia, inalcanzable.
Dame
tu sal, tu yodo, tu fiereza, ¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo! Desdichada de mí, soy un abrojo, Y muero,
mar, sucumbo en mi pobreza.
Y el alma mía es como el mar, es eso, Ah, la ciudad la pudre y equivoca Pequeña vida
que dolor provoca, ¡Que pueda libertarme de su peso!
Vuele mi empeño, mi esperanza vuele... La vida mía debió
ser horrible, Debió ser una arteria incontenible Y apenas es cicatriz que siempre duele.
ESTA
TARDE
Ahora quiero amar algo lejano... Algún hombre divino Que sea como un ave por lo dulce, Que
haya habido mujeres infinitas Y sepa de otras tierras, y florezca La palabra en sus labios, perfumada: Suerte de
selva virgen bajo el viento...
Y quiero amarlo ahora. Está la tarde Blanda y tranquila como espeso musgo, Tiembla
mi boca y mis dedos finos, Se deshacen mis trenzas poco a poco.
Siento un vago rumor... Toda la tierra Está cantando
dulcemente... Lejos Los bosques se han cargado de corolas, Desbordan los arroyos de sus cauces Y las aguas se filtran
en la tierra Así como mis ojos en los ojos Que estoy sonañdo embelesada...
Pero Ya está bajando el sol de
los montes, Las aves se acurrucan en sus nidos, La tarde ha de morir y él está lejos... Lejos como este sol que para
nunca Se marcha y me abandona, con las manos Hundidas en las trenzas, con la boca Húmeda y temblorosa, con el alma Sutilizada,
ardida en la esperanza De este amor infinito que me vuelve Dulce y hermosa...
DUERME TRANQUILO
Dijiste la palabra que enamora A mis
oídos. Ya olvidaste. Bueno. Duerme tranquilo. Debe estar sereno Y hermoso el rostro tuyo a toda hora.
Cuando
encanta la boca seductora Debe ser fresca, su decir ameno; Para tu oficio de amador no es bueno El rostro ardido
del que mucho llora.
Te reclaman destinos más gloriosos Que el de llevar, entre los negros pozos De las ojeras,
la mirada en duelo.
¡Cubre de bellas víctimas el suelo! Más daño al mundo hizo la espada fatua De algún bárbaro
rey Y tiene estatua.
DOLOR
Quisiera
esta tarde divina de octubre Pasear por la orilla lejana del mar;
Oue la arena de oro, y las aguas verdes, Y
los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, Como una romana, para concordar
Con
las grandes olas, y las rocas muertas Y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos Y
la boca muda, dejarme llevar;
Ver cómo se rompen las olas azules Contra los granitos y no parpadear
Ver cómo
las aves rapaces se comen Los peces pequeños y no despertar;
Pensar que pudieran las frágiles barcas Hundirse
en las aguas y no suspirar;
Ver que se adelanta, la garganta al aire, El hombre más bello; no desear amar...
Perder
la mirada, distraídamente, Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;
Y, figura erguida, entre cielo y playa, Sentirme
el olvido perenne del mar.
CARTA
LIRICA A OTRA MUJER
Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro Conozco yo, y os imagino blanca, Débil como los
brotes iniciales, Pequeña, dulce... Ya ni sé... Divina. En vuestros ojos placidez de lago Que se abandona al sol
y dulcemente Le absorbe su oro mientras todo calla. Y vuestras manos, finas, como aqueste Dolor, el mío, que se alarga,
alarga, Y luego se me muere y se concluye Así, como lo veis; en algún verso. Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca Tenéis
un rumoroso colmenero. Si las orejas vuestras son a modo De pétalos de rosas ahuecados... Decidme si lloráis, humildemente. Mirando
las estrellas tan lejanas. Y si en las manos tibias se os aduermen Palomas blancas y canarios de oro. Porque todo
eso y más, vos sois, sin duda: Vos, que tenéis el hombre que adoraba Entre las manos dulces, vos la bella Que habéis
matado, sin saberlo acaso, Toda esperanza en mí... Vos, su criatura. Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma Estáis
gustando del amor secreto Que guardé silencioso... Dios lo sabe Por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo. Os lo confieso
que una vez estuvo Tan cerca de mi brazo, que a extenderlo Acaso mía aquélla dicha vuestra Me fuera ahora... ¡sí!
acaso mía... Mas ved, estaba el alma tan gastada Que el brazo mío no alcanzó a extenderse: La sed divina, contenida
entonces, Me pulió el alma... ¡Y él ha sido vuestro! ¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos El se adormece
y le decís palabras Pequeñas y menudas que semejan Pétalos volanderos y muy blancos. Acaso un niño rubio vendrá luego A
copiar en los ojos inocentes Los ojos vuestros y los de él Unidos en un espejo azul y cristalino... ¡Oh, ceñidle
la frente! ¡Era tan amplia! ¡Arrancaban tan firmes los cabellos A grandes ondas, que a tenerla cerca No hiciera yo
otra cosa que ceñirla! Luego dejad que en vuestras manos vaguen Los labios suyos; él me dijo un día Que nada era
tan dulce al alma suya Como besar las femeninas manos... Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve Vagando por afuera
de la vida, -Como aquellos filósofos mendigos Que van a las ventanas señoriales A mirar sin envidia toda fiesta- Me
allegue humildemente a vuestro lado Y con palabras quedas, susurrantes, Os pida vuestras manos un momento, Para besarlas,
yo, como él las besa... Y al recubrirlas, lenta, lentamente, Vaya pensando: aquí se aposentaron ¿Cuánto tiempo?,
sus labios, ¿cuánto tiempo En las divinas manos que son suyas? ¡Oh, qué amargo deleite, este deleite De buscar huellas
suyas y seguirlas Sobre las manos vuestras tan sedosas, Tan finas, con sus venas tan azules! Oh, que nada podría,
ni ser suya, Ni dominarle el alma, ni tenerlo Rendido aquí a mis pies, recompensarme Este horrible deleite de hacer
mío Un inefable, apasionado rastro. Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera, Barrera ardiente, viva, que al tocarla Ya
me remueve este cansancio amargo, Este silencio de alma en que me escudo, Este dolor mortal en que me abismo, Esta
inmovilidad del sentimiento ¡Que sólo salta, bruscamente, cuando Nada es posible!
VERSOS OTOÑALES
Al mirar mis mejillas, que ayer estaban
rojas, he sentido el otoño; sus achaques de viejo me han llenado de miedo; me ha contado el espejo que nieva en mis
cabellos mientras caen las hojas...
¡Que curioso destino! Me ha golpeado a las puertas en plena primavera para brindarme
nieve y mis manos se hielan bajo la presión leve de cien rosas azules sobre sus dedos muertas
Ya me siento invadida
totalmente de hielo; castañean mis dientes mientras el sol, afuera, pone manchas de oro, tal como en primavera, y
ríe en la ensondada profundiad del cielo.
Y lloro lentamente, con un dolor maldito... con un dolor que pesa sobre
mis fibras todas, ¡Oh, la pálida muerte que me ofrece sus bodas y el borroso misterio cargado de infinito!
¡Pero
yo me rebelo!... ¿Cómo esta forma humana que costó a la materia tantas transformaciones me mata, pecho adentro, todas
las ilusiones y me brinda la noche casi en plena mañana?
LA INVITACION AMABLE
Acercate, poeta; mi alma es sobria, de
amor no entiende -del amor terreno- su amor es mas altivo y es mas bueno.
No pediré los besos de tus labios. No
beberé en tu vaso de cristal, el vaso es frágil y ama lo inmortal.
Acercate, poeta sin recelos... ofréndame la
gracia de tus manos, no habrá en mi antojo pensamientos vanos.
¿Quieres ir a los bosques con un libro, un libro
suave de belleza lleno?... Leer podremos algun trozo ameno.
Pondré en la voz la religión de tu alma, religión
de piedad y de armonía que hermana en todo con la cuita mía.
Te pediré me cuentes tus amores y alguna historia
que por ser añeja nos dé el perfume de una rosa vieja.
Yo no diré nada de mi misma porque no tengo flores perfumadas que
pudieran asi ser historiadas.
El cofre y una urna de mis sueños idos no se ha de abrir, cesando su letargo, para
mostrarte el contenido amargo.
Todo lo haré buscando tu alegría y seré para ti tan bondadosa como el perfume
de la vieja rosa.
La invitación esta....sincera y noble. ¿Quieres ser mi poeta buen amigo y solo tu dolor partir
conmigo?
VOY
A DORMIR
Dientes
de flores, cofia de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme prestas las sábanas terrosas y
el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Ponme una lámpara a la cabecera; una
constelación; la que te guste; todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes... te
acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah,
un encargo: si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido...
YO
EN EL FONDO DEL MAR
En el fondo del mar hay una casa de cristal.
A una avenida de
madréporas da.
Un gran pez de oro, a las cinco, me viene a saludar.
Me
trae un rojo ramo de flores de coral.
Duermo en una cama un poco más azul que
el mar.
Un pulpo me hace guiños a través del cristal. En el bosque verde que
me circunda —din don... din dan— se balancean y cantan las sirenas de nácar
verdemar.
Y sobre mi cabeza arden, en el crepúsculo, las erizadas puntas del mar.
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